En noviembre de 2025, el barrilete de Las Orquídeas no voló. Las mujeres habían pasado meses preparándolo; en el campo del festival de Sumpango, ninguno de sus dos intentos permitidos tuvo éxito. Prensa Comunitaria recogió la decepción y también el trabajo que vino después: reparar el barrilete y conservar los diseños para futuras exposiciones. Veintidós mujeres habían creado algo juntas. Un lanzamiento fallido no sería lo último que harían con él. Prensa Comunitaria1
Cada 1 de noviembre, este municipio del departamento guatemalteco de Sacatepéquez saca sus barriletes gigantes para el Día de Todos los Santos. Algunos se hacen para volar. Los más grandes se levantan para exhibirlos, muy por encima de quienes los construyeron. Sus imágenes se dirigen a los antepasados y a los vecinos, a los muertos y a los vivos con sus urgencias. Para quien visita el festival, todo empieza con la cara terminada de un barrilete. Para Sara Xicón y las mujeres de Las Orquídeas, empieza mucho antes: buscando horas en vidas que ya están llenas.

Conviene detenerse a mirar esa superficie. Lo que de lejos parece una pintura suele estar construido con numerosos fragmentos de papel de seda de colores. El tamaño causa el primer asombro; el segundo llega al comprender cómo se consiguió. Alguien recortó el borde de esa figura. Alguien resolvió cómo debía encontrarse un color con otro. Alguien siguió trabajando después de pasar el día haciendo otra cosa. Un reportaje de Revue sobre este oficio describe cómo se superponen papeles para crear sombras y cómo se colocan piezas frágiles con pequeñas cantidades de pegamento.2[source]
El papel hace engañosa la escala. Una figura que se distingue desde el otro extremo de un campo debe ensamblarse a la distancia de un brazo. Sus creadoras pasan mucho más tiempo mirando los fragmentos del que el público dedicará a contemplar el conjunto. Para noviembre, conocen la obra por sus dificultades: dónde deben coincidir las piezas, qué parte aún necesita atención, cuánto queda por hacer.

Sumpango y la cercana Santiago Sacatepéquez son comunidades mayoritariamente mayas kaqchikeles. El Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala describe los barriletes como vínculos con los antepasados, personas con quienes las relaciones continúan después de la muerte. La reunión de noviembre incorpora esa manera de entender el mundo al calendario del Día de Todos los Santos. El resultado pertenece a comunidades concretas y a sus historias. Merece más atención que una comparación pasajera con las celebraciones mexicanas de los muertos, más conocidas fuera de la región. Guatemala Ministry of Culture and Sports3
Recordar a alguien suele describirse como un acto interior: un pensamiento, un nombre, un sentimiento privado. Aquí, el recuerdo también ocupa espacio. Necesita un lugar donde trabajar y otro donde reunirse. Da a las personas algo que cargar, ensamblar y mostrarse unas a otras. Una relación que ya no puede retomarse en una conversación cotidiana adquiere una tarea material.

El festival contemporáneo también tiene una historia que aún vive en la memoria de sus habitantes. Según el comité organizador, jóvenes del municipio se reunieron en 1977, después de la destrucción causada por el terremoto de febrero de 1976 en Guatemala. Organizaron actividades culturales y deportivas. En 1978, preocupados por la menor participación en la elaboración de barriletes, establecieron un concurso junto al cementerio. Aquel concurso se convirtió en un festival mucho mayor. Festival committee history4
El concurso dio a los jóvenes una razón para volver al trabajo y un público para el cual prepararse. Sus organizadores respondían a una preocupación que muchas familias reconocen: ¿qué ocurre cuando algo importante para una generación deja de atraer a la siguiente? No podían obligar a nadie a sentir interés. Sí podían crear una ocasión en la que ese interés encontrara compañía.

El comité registra otro detalle, más duro: en 1979, las amenazas durante el conflicto armado interno de Guatemala llevaron al grupo organizador a cambiar de nombre. Incluso organizar actividades recreativas y encuentros culturales podía exponer a sus responsables a riesgos políticos. Junto al color de los barriletes, esa historia complica la idea del festival como una escapatoria de cuanto sucede fuera. Reunir a la gente también tiene sus consecuencias.
La elaboración comienza con una propuesta. Cada grupo decide qué quiere comunicar, prepara un diseño y lo lleva a una escala suficientemente grande para exhibirlo en público. La descripción del ministerio sigue el proceso de refuerzo, la estructura de caña o bambú, los flecos y la unión de la superficie con su armazón. Las bendiciones y las ceremonias acompañan parte de la preparación material. La ingeniería y el propósito espiritual forman parte de una misma labor.

Una imagen lograda tiene que funcionar a varias distancias. De cerca, quien la hace ve uniones y formas pequeñas. Desde el otro lado del campo, quien la contempla necesita reconocer figuras y entender la composición general. Es un problema de diseño exigente. Obliga a un colectivo a imaginar la obra completa cuando buena parte del trabajo aún está en piezas.
También exige compartir la autoría. Un barrilete no puede hacerse enorme solo con el orgullo individual. Se repartan como se repartan las tareas, las aportaciones deben encajar. Una sección hermosa que no encuentra sitio en el diseño general sigue siendo un problema por resolver. La colaboración se hace visible en el objeto porque, sin ella, el objeto no se sostiene.

Los temas pertenecen plenamente al presente. La documentación de esta práctica recoge diseños sobre el medioambiente, la violencia y los derechos humanos, además de la relación con los antepasados. El trabajo se transmite mediante los comités y la participación de distintas generaciones: se aprende ayudando a elaborar y presentar los barriletes. Documentation of the kite-making tradition5
La combinación tiene sentido. Recordar a generaciones anteriores también implica pensar en el mundo que se entrega a las siguientes. La destrucción ambiental o la violencia no interrumpen necesariamente la memoria cultural. Pueden ser precisamente aquello que una comunidad desea discutir a través de ella.

El mensaje de un barrilete tiene una presencia pública poco común. No espera a que alguien pase una página o entre en una galería. Una vez levantado, ocupa la vista compartida. Se puede admirar la destreza y discrepar del planteamiento. Así, el campo de un festival puede convertirse en un lugar donde la belleza atrae la atención hacia un argumento.
La pregunta de quién puede formular ese argumento también ha cambiado. Las Orquídeas, un grupo de mujeres barrileteras fundado en 1999, convirtió la propia participación en parte de su historia. En un ensayo fotográfico de 2019, Sara Xicón explicó cómo el grupo cuestionaba las expectativas sobre el lugar que debían ocupar las mujeres. Ese año, sus integrantes más jóvenes trabajaron en un diseño sobre cómo la tecnología absorbía la atención de las personas. Vogue’s 2019 report6

Una visita de No Ficción en 2022 mostró cómo esas aspiraciones encajaban en jornadas laborales corrientes. Sara bordaba y ayudaba en la tienda familiar. Saida Cay trabajaba fuera de Sumpango entre semana. Flor de María Mázate combinaba un empleo con estudios de música y canto. Katerin Jazmín Xicón tenía diez años. Al reunirse alrededor del papel, las diferencias de edad y responsabilidades cotidianas formaban parte de la compañía. Saida describió el grupo como un espacio donde podía aflojar el peso de los problemas de casa y expresarse creando. No Ficción7
Para septiembre de 2025, según Prensa Comunitaria, las mujeres se reunían tres noches por semana y, durante las dos semanas finales, todos los días. Katerin, de trece años, era la integrante más joven; Marisol, la hija mayor de Sara, dirigía el trabajo. Entre un reportaje y otro, una niña crece dentro del grupo y una hija asume responsabilidades.

El vuelo fallido debe contemplarse junto a esas noches. Desde fuera, resulta fácil medir un barrilete por si logra elevarse. Desde dentro de un colectivo, existen otras pruebas: si todas regresaron, si terminaron una sección difícil, si alguien más joven ya puede hacer una tarea para la que antes necesitaba ayuda. Nada de eso elimina la decepción. Explica por qué la decepción no tiene que poner fin al proyecto.
Sara también se ha preparado para el día en que quizá no esté para dirigirlo. En un reportaje publicado por Contracorriente en 2026, describió vuelos de práctica anteriores al festival, con su hija mayor al frente. El grupo ensaya el montaje, el traslado de materiales y el esfuerzo de tirar juntas. Saber construir el barrilete es solo una parte de la tarea; alguien debe saber guiar a las demás en el momento de levantarlo, entre la multitud y a la vista de todos. Contracorriente8

Esa preparación da una forma práctica al relevo. Transmitir algo puede sonar como un regalo que se completa cuando una madre enseña a su hija. Aquí también exige apartarse lo suficiente para que la siguiente persona practique la responsabilidad. Una hija necesita más que el recuerdo de haber observado a su madre. Necesita poder tomar decisiones mientras su madre aún está lo bastante cerca para ayudar.
Sara contó a Contracorriente que antes se esperaba de las mujeres, principalmente, que prepararan desayunos y refrigerios para los barrileteros. Su propósito era incorporarlas a la elaboración. El grupo pide compromiso en lugar de una cuota de afiliación; conseguir materiales ha dependido de aportaciones familiares y pequeños apoyos. Un lugar en la mesa de trabajo debe hacerse posible, además de ofrecerse.

Un reportaje local de 2024 recogió la importancia de que cada grupo elija un tema y desarrolle un diseño nuevo. Byron Pescado, de Corazón de Maíz, describió esa renovación anual; el festival ofrece imágenes diferentes a quienes vuelven a visitarlo. Prensa Libre9
La repetición reside, entonces, en el compromiso y no en la imagen. La fecha vuelve. Vuelve la obligación de crear algo juntos. La imagen puede cambiar.

Tal vez esa distinción explique por qué el festival puede dar cabida tanto a creencias heredadas como a debates actuales. La forma ofrece familiaridad sin exigir un contenido idéntico. La gente reconoce lo que sucede y, al mismo tiempo, siente curiosidad por lo que los grupos han decidido decir esta vez.
Se aprende a lo largo de la superficie. Quien empieza puede ver si una pieza encaja y si una unión necesita atención. Pero la invitación va más allá de una lección sobre papel. Una niña que aporta una pequeña sección puede encontrarla después dentro de algo lo bastante grande para dominar un campo. Su trabajo ha adquirido una vida pública.

Los temas del grupo pueden ser dolorosamente concretos. Sara contó a No Ficción que uno de sus diseños conmemoraba a las 41 niñas que murieron en el incendio del hogar infantil Hogar Seguro. Las mujeres colocaron rostros o siluetas en el barrilete. El homenaje unió su dolor y su indignación como mujeres a una ocasión para dirigirse a los muertos. Fue una decisión sobre qué vidas debían seguir siendo visibles, tomada por personas dispuestas a dedicar sus noches a darle forma.
Eso cambia la manera en que puede mirar un visitante. La primera pregunta no tiene que ser qué ha significado siempre cada símbolo. Puede ser a quién quieren estas creadoras que recordemos este año. La respuesta quizá nos aleje de una explicación atemporal de la costumbre y nos acerque a una herida reciente en la vida del país.

La distinción entre Sumpango y Santiago Sacatepéquez importa por la misma razón. Ambas localidades están asociadas a los barriletes gigantes, pero nombrarlas por separado conserva la posibilidad de que existan diferencias. Una práctica regional se realiza en lugares concretos, por grupos con sus propios recuerdos y decisiones.
Una fotografía puede conservar el color y la escala. No puede conservar todas las razones por las que alguien llegó a la mesa de trabajo después de un día difícil. Algunas contribuciones son visibles como papel; otras consisten en la atención que las personas se prestan mientras tienen las manos ocupadas. El colectivo ofrece una forma de hablar sin convertir la conversación en la única tarea.

Aquí hay espacio para el disfrute además del deber. Trabajar junto a personas que conocen el mismo plazo puede hacer que el cansancio se lleve en compañía. Una labor puede ser exigente y, aun así, constituir el momento de la semana al que más se desea llegar. Recordar a los muertos no exige que los vivos dejen de disfrutar unos de otros.
La fecha del festival vuelve, tanto si un barrilete vuela como si fracasa. Sus creadoras deben decidir otra vez si pueden encontrar el tiempo, reunir los materiales y ponerse de acuerdo sobre lo que quieren decir. El compromiso renovado es menos fotogénico que el círculo de papel terminado. También es la parte que ningún espectador puede aportar por ellas.

Las Orquídeas repararon su barrilete. No podían repetir aquel momento del festival, pero sí volver a poner las manos sobre lo que habían hecho. El diseño seguía mereciendo ser conservado, y ellas aún tenían razones para reunirse a su alrededor.




